La leyenda criminológica tradicional y la mitología penal

Dr. Gino Ríos Patio
Universidad de San Martín de Porres
Perú


 

Es conocida la teoría de Cesare Lombroso en 1876 acerca del delincuente nato, según la cual, el delincuente nace y exhibe marcados rasgos físicos, tales como, ojos pequeños, cejas tupidas, nariz torcida, frente pequeña, labios gruesos, párpados hinchados, mandíbulas robustas, encorvados, entre otros rasgos, en función del tipo de delito.

Semejante pensamiento tuvo, sin embargo, acogida y debido a ello tuvo efectos anestésicos en el padre de familia y el ama de casa, pues se sentían tranquilizados porque ningún miembro de su familia ni el vecino tenían esos rasgos y, por ende, no podían ser capaces de hacerles daño. Igual sensación beneficiaba entonces al ministro, el empresario, el industrial, el militar, el médico, el juez, el abogado, entre otros.

Así, el clasicismo criminológico representado por la criminología positivista, obtuvo sus réditos en la emotividad de la población y el control social formal, por cuanto el Estado necesitaba de una racionalización parajurídica útil para justificar una mayor represión selectiva y dirigida ex profeso. Entonces, comenzó a construirse a través del tiempo una leyenda criminológica que hasta hoy nos acompaña, aunque ya no en la teoría criminológica, sino que continúa en la realidad penal como un mito, según el cual, el delincuente sigue teniendo mayormente las características de horrible, pobre, grotesco, perteneciente a las más ínfimas clases sociales, con problemas de salud mental, carente de educación y con fallas hereditarias o aberraciones genéticas.

Como en el mito, esta leyenda cumplía una función explicativa, justificativa, significativa y pragmática, porque pretendía determinar la causa natural del delito; conceder un alivio a los individuos que escapaban a los rasgos físicos descritos; y ser la base de la estructura y el sistema penal. Obviamente, a diferencia del mito, esta leyenda acontecía (y acontece) en un tiempo real, histórico, en lugares ciertos y con protagonistas reales.

Y es que siempre se ha requerido mitos para explicar y representar lo perverso o lo oscuramente riesgoso; para enfocar, por contraste, la franja venerable de lo bueno y lo positivamente seguro. Así, la leyenda criminológica tradicional continuó alimentando este mito del Derecho Penal.

Por otro lado, como correlato del anterior, un segundo mito se erguía…consistente en que los criminales están en las cárceles como los orates en el manicomio, lo cual supone dos aspectos de un solo dispositivo institucionalizado de control, caracterizado por la represión, la proscripción y el confinamiento, parapretender teóricamente una receta científica del problema, curándolos, reinsertándolos, rehabilitándolos, pero fundamentalmente ocultando la represión y violencia estatal, lo que vino en denominarse la corriente político criminológica de defensa social, que hasta hoy persiste en nuestra realidad latinoamericana, aunque claro, resulta obvio que únicamente para las clases sociales más vulnerables y menos socorridas económicamente.

Nuestra realidad carcelaria es precisamente abominable por este segundo mito penal antes descrito, producto de la tendencia de nuestros jueces penales de preferir la privación de la libertad como regla general y la comparecencia como excepción, exactamente al revés de lo que debe ser, para no afectar la dignidad del ser humano. La elevada tasa de internos en la condición de prisión preventiva, acredita que las consideraciones jurisdiccionales sobre el peligro de fuga y de obstaculización de la averiguación de la verdad, basadas en la amplia discrecionalidad que le confieren los artículos 268 y 269 del Código Procesal Penal a los magistrados penales, para justificar un mandato de prisión preventiva, no siguen la mayoría de las veces un criterio razonable jurídicamente.

Por otra parte, el sistema penal en general y la ley penal en particular, son direccionados no necesariamente por el parecer de la mayoría o por un consenso social, que ciertamente en ocasiones se da, producto de la manipulación que ejercen los mass media de la opinión pública, sino por quien tiene en la sociedad el poder de aplicar su criterio, con lo cual constituyen un verdadero arsenal de dicho grupo o clase social contra quienes circunstancialmente enarbolan un interés diferente al de ellos.

 

la leyenda criminológica tradicional y la mitología penal

La leyenda criminológica tradicional y la mitología penal

 

Entonces, para el sistema y la ley penales, el infractor es presentado como un elemento patógeno mórbido que debe ser sanado, restablecido, con lo que van formando un consenso dirigido a legitimar su poder, situación que es una forma de sutil violencia subliminal, con lo cual estamos frente a un tercer mito penal.

A decir de Gramsci (Rodríguez & Seco, 2007), esa violencia tenue de la clase dominante que construye un artificial consenso, se convierte en hegemonía, dando como resultado la promoción de la ideología de dicha clase.

Por eso, Rodríguez y Seco (2007) sostienen con acierto que Gramsci es un referente básico para pensar en la construcción de posibilidades democráticas en el siglo XXI, en términos de una comprensión abierta del concepto que trasciende al concepto formal y recusa su exhibición abstracta o metafísica de proyecto político terminado, cuando vemos que está en plena construcción.

Es esta visión mítica del sistema y la ley penales la que nos invade y obstina en defender una institución penal ineficaz, perversa, alucinante y falsa, sin posibilidades de abrirnos a nuevas posibilidades capaces de introducir la idea de respeto a las singularidades que conforman el colectivo.

Cotidianamente nos nutrimos de la visión mítica de entrega democrática a la visión de la ideología dominante de una estructura de gobierno que no gobierna, pues el sistema penal no detiene el índice de violencia y de criminalidad, de ahí que el mito político de la representación popular sirva de sustento al mito penal.

Una vez más, como dice Gramsci, citado por Rodríguez y Seco (2007), democracia es también reflexionar desde las prácticas cotidianas, en nuestro caso, desde la lacerante praxis penal.

El pensamiento de Gramsci, según Fernández (2003, p. 14), es entonces útil para el análisis y diagnóstico crítico de nuestra democracia de cara a la formulación de propuestas, por tanto está vigente y permite redescubrir que el grupo o la clase dominante incorpora a la clase media (intelectuales, científicos) con habilidad paraque no se desvíe el proyecto original, convirtiéndolos en los administradores de la ideología de la clase hegemónica. Esto hace orgánica la articulación entre la superestructura (ideología) y la estructura económica.

De acuerdo con Castro (1979, pp. 77-78), por el sentido de su funcionamiento, el sistema y aparato jurídico penales es de la clase política y del grupo dominante, pues constituye su modo coercitivo de imponer los valores cuando el consenso que trata de crearse con la sociedad civil no tiene eficacia. La doctrina y dogmática penal cumple el rol de compromiso. El papel mediador de las instancias culturales (escuela, iglesia, prensa, ciencia, sociedad civil) queda ratificado por un análisis de valores y creencias de las clases subalternas. Es, pues, un consenso manipulado el que existe sobre el sistema penal.

En ese sentido, los poderes de definición de conductas penales, rotulación y asignación de sospechas y culpas y ejecución de sanciones penales, pertenecen a la clase dominante, sin posibilidad de que exista igualdad en el sistema penal, porque se ha reconstruido socialmente de manera deliberada la realidad.

Precisamente, esta situación da lugar a un último mito penal, que se nos presenta como que todos tienen las mismas posibilidades de ser señalados como delincuentes, ser apresados y sancionados, lo cual es obviamente falso. La realidad nos muestra, no solo a través de procesos sociales que se dan en los hechos, sino a través de la legislación y el sistema penales, por un lado, que aquel que tiene dinero, contactos con intereses comunes y poderosos o poder, no es denunciado, procesado o acusado; y por otro lado, que aquel que viola intereses que no afectan prevalentemente el sistema, tiene salidas jurídicas para impedir, retrasar o paralizar un proceso penal.

Según este mito, nuestra sociedad está dividida, conforme con la ley y los estereotipos, en infractores y ciudadanos buenos, en una concepción maniquea y falsa de la conducta humana. Es que la productividad, el consumo y el enriquecimiento individual, están siempre garantizados por códigos, tribunales y fuerza pública al servicio de la clase poderosa.

Hemos querido mostrar panorámicamente algunos mitos penales de larga data, surgidos coetáneamente con la criminología tradicional que subsisten hasta hoy y que, conforme a su naturaleza fabulesca, pretenden justificar el sistema penal; acreditar su hipotética eficacia; y desarrollar una función simbólica de tranquilidad a los ciudadanos frente a la criminalidad…«Ver Artículo Completo»

 


” La leyenda criminológica tradicional y la mitología penal ” – Extracto de:

FUENTE

Autor: Dr. Gino Ríos Patio (Perú)
Título: De la leyenda criminológica a la quimera criminológica…a través de la mitología penal… Ensayo observacional, experimental, situacional y prospectivo (pp. 49-59)
Revista: Archivos de Criminología, Seguridad Privada y Criminalística. Año 3, vol. V agosto-diciembre 2015

08/01/2024

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